No sé muy bien cómo comenzar con esta entrada porque siento que nunca voy a encontrar las palabras suficientes para hablar de mi Orejas.
Orejas era un cocker spaniel negro. Llegó a mi casa en el 2009 cuando era apenas un cachorro. Yo también era una niña de 6 años, así que prácticamente crecimos juntos.Desde que recuerdo siempre fue un perro travieso y muy gruñón. No era precisamente el perro más paciente del mundo, pero así era él y creo que justamente por eso lo recuerdo con mucho cariño. Creo que todavía nos reímos de algunas de las cosas que hacía. Aunque, bueno... una de esas travesuras hizo que terminara viviendo en un terreno que tenían mis papás.
En realidad, esa no era la primera vez que intentaban llevarlo. Hubo un intento antes, pero no duró mucho porque yo la estaba pasando mal sin él y, por lo que nos dijeron, él tampoco estaba bien. Así que regresó a la casa.
Tiempo después volvió a irse. Esta vez sí se quedó alrededor de un año y medio. Allí vivía con un cuidador que lo quería mucho y siempre estaba pendiente de él. Saber que estaba bien cuidado hacía las cosas un poquito más fáciles, aunque para mí seguía siendo extraño no tenerlo en casa.
Un día fuimos al terreno toda mi familia y encontramos a Orejas muy enfermo. Tenía erliquiosis.
Hay una escena que mi mamá nunca ha podido olvidar.
Durante todo ese tiempo casi no se acercaba a nosotros porque ya se había acostumbrado al cuidador. Pero ese día caminó hasta donde estaba mi mamá, como si de alguna forma estuviera pidiendo ayuda.
Lo llevamos de inmediato a la veterinaria.
Los veterinarios fueron muy sinceros con nosotros. Nos dijeron que no sabían si iba a sobrevivir la noche.
Recuerdo que esa noche casi no pude dormir. Pensaba en él todo el tiempo. Aunque ya no viviera conmigo, seguía siendo mi perro y no quería perderlo.
Pero Orejas nos sorprendió.
Sobrevivió.
Le costó mucho recuperarse, pero salió adelante. Y cuando estuvo mejor, mis papás decidieron que era momento de que volviera a casa.
Solo que ahora había un nuevo integrante en la familia: Coraje.
Coraje todavía era joven y, al principio, no dejaba tranquilo a Orejas. Lo seguía para todos lados y lo fastidiaba bastante. Con el tiempo aprendieron a convivir. No eran esos perros que estaban jugando todo el día, pero cuando todos salíamos de casa, ellos se quedaban juntos. Me gusta pensar que, de alguna manera, se hacían compañía.
Hay algo que entendí muchos años después.
Mi familia y yo cometimos muchos errores con Orejas. No porque no lo quisiéramos, sino porque simplemente no sabíamos.
Cuando llegó a la casa en el 2009, todos éramos nuevos en eso de tener un perro. Mis hermanos y yo éramos pequeños y mis papás también estaban aprendiendo. Había cosas que hoy haríamos completamente diferente.
Cuando Orejas volvió del terreno, por ejemplo, mi mamá ya dejaba que entrara a la sala o que se echara en el piso de nuestros cuartos. Antes eso era impensable.
Con los años todos cambiamos un poquito.
Y creo que, sin darnos cuenta, Orejas fue quien nos enseñó a ser una mejor familia para nuestros perros.
Hoy muchas de las cosas que hacemos con Coraje son gracias a él.
No porque queramos más a Coraje, sino porque aprendimos con Orejas.
Y eso siempre voy a agradecérselo.
Los años pasaron y Orejas empezó a envejecer.
Ya se notaba que no tenía la misma energía de antes. Caminaba más despacio, se levantaba con dificultad, dormía más y poco a poco fui entendiendo que estaba entrando en una etapa muy distinta de su vida.
Recuerdo perfectamente el día en que todo cambió.
Había ido al cumpleaños de mi abuelo y, cuando regresé a la casa, encontré a Orejas echado sobre el pasto. Tenía mucha saliva y apenas lo vi entendí que algo no estaba bien.
Los veterinarios no podían venir esa misma noche. Nos dijeron que tendrían que esperar hasta la mañana siguiente.
No sé cómo hizo, pero Orejas volvió a aguantar una noche más.
Al día siguiente vino el veterinario a la casa.
Orejas tenía quince años recién cumplidos.
Y llegó el momento más difícil que me ha tocado vivir con un animal.
Decidimos despedirnos de él.
Lloré muchísimo ese día.
Todavía recuerdo el almuerzo, el silencio de la casa y a Coraje comportándose de una forma diferente, como si también entendiera que algo había cambiado.
Hay algo de ese día que nunca he podido olvidar.
Mis papás habían salido de la casa y solo estábamos Coraje y yo. En un momento escuché unas pisadas pesadas alrededor de la casa. Lo primero que pensé fue en Orejas, pero miré a Coraje y él estaba conmigo todo el tiempo, así que no podía haber sido él.
Hasta el día de hoy no sé qué fue. Quizá fue mi cabeza intentando asimilar que acababa de perder a mi perro. Quizá simplemente interpreté un ruido de otra manera. Nunca lo voy a saber.
Pero me gusta pensar que, por un momento, Orejas pasó una última vez por la casa antes de despedirse.
Hoy Orejas está enterrado en el jardín de mi casa.
A veces salgo y pienso que, de alguna manera, sigue acompañándonos desde ahí.
Han pasado casi dos años desde que se fue y todavía lo extraño.
Extraño que me siguiera hasta la puerta del baño y se quedara oliendo por debajo esperando que saliera.
Extraño que buscara mis caricias todo el tiempo.
Extraño lo llorón que era.
Y extraño tener a mi negro al lado.
Si hoy estoy estudiando veterinaria, estoy segura de que una parte de esa decisión nació gracias a él.
Orejas fue el primer perro que me enseñó lo fuerte que puede ser el vínculo entre una persona y un animal. También fue quien me hizo entender que despedirse de ellos es una de las partes más difíciles de quererlos.
Ahora Coraje sigue llenando la casa de energía y espero que todavía nos queden muchísimos años juntos.
Pero siempre voy a sentir que una parte de mi corazón le pertenece a ese cocker spaniel negro que llegó a mi vida en el 2009 y cambió mi historia para siempre.
Gracias por todo, mi negro precioso.



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